El día después de mi muerte

La situación empezó a tornarse peligrosa, así que huí.
Nunca antes presentí la hora exacta en que caía la noche, ni tampoco percibí tan de cerca el silencio adentrarse a mí.
Hasta ese día…en que la soledad invadió mi ser y me empezaron a embargar algunos pensamientos sobre la muerte, es la muerte larga o es en verdad efímera?, no lo sé. Aunque empiezo a presentir además de los rezagos de mi miseria, a mi muerte.
Nací en un lúgubre e impasible pueblo cerca de Lima, de niño fui adoptado por una pareja de ancianos difíciles y ortodoxos los cuales siempre vivieron insatisfechos de mí.
18 años después llegué a Lima y empecé trabajando en una fábrica textil.
Así empecé a elaborar, cual vil y extraordinario estratega, una salida que conllevara a saciar mis ambiciones.
Todo el personal de la fábrica "Bizeau"rumoraba acerca de la debilidad de la dueña por los hombres jóvenes, esos, que llevan en los ojos el tatuaje del oportunio. Ella era Lorena Bizeau.
Cada noche, en el turbador cuarto donde solía llegar a matar las escasas horas de mi sueño, ideaba todo lo necesario para salir exitoso.
Al cabo de algunos meses, decidí poner mi plan en marcha.
Era evidente su cambio, repentinamente se le veía mas preocupada por su apariencia y mas pendiente a mi. Me invito a pasar año nuevo su casa de playa al sur de Lima. Pasamos la noche juntos. Allí comenzó todo, se había enamorado locamente de mí.
Esa misma semana la cité en un restorán muy lujoso, de los que ella acostumbraba a llevarme y le propuse casarnos. Ella acepto sin vacilación.
Días después sucedió. Preparó una gran fiesta para el acontecimiento, llevaba un majestuoso vestido Dior y el día despedía un olor al perfume de Tierry Mugler que Lorena adoraba.
Ella siempre fue una mujer sola, hijos, nunca antes se casó.
Me di cuenta años mas tarde, que en el fondo no detestaba a los niños, como trataba de aparentar, pero detestaba muchas cosas, incluso hasta el día de su muerte estoy seguro que me terminó detestando a mí también.
Años después, me sentí harto de vivir con una mujer vetusta, que frenaba toda mi energía, y empañaba mi juventud.
Ella me pidió un día que adoptáramos un niño. Salí bruscamente en el auto, me sentí muy abrumado por la idea, sabía que siempre había podido manipular a Lorena, pero en esto sentí que no tenía el control. Me atormentaba la idea de adoptar a un niño, pues yo también fui adoptado y sé cuántos rencores pueden albergarse debido a eso.
Mientras iba por la carretera, sin darme cuenta choqué el auto con una mujer, enseguida bajé, muy ofuscado, ella se disculpó, al no haber algún daño, subió rápidamente y se fue. No sé si era debido a la confusión de la que venía, pero me pareció la mujer mas hermosa que jamás había visto, yo nunca vi a las mujeres como algo más que una cosa fatalmente necesaria para un hombre, pero ésta era diferente. Armonizaba sus cabellos largos y algo rubios, su sonrisa tímida e introspectiva, su manera de hablar, me dejó hipnotizado, llevaba puesto un uniforme blanco, parecía lo que llaman un ángel en medio de la noche negra (si existieran los ángeles).
Durante días estuve con el recuerdo de ella divagando por, mi confusa mente, y más aun cuando la adopción era un hecho.
Los días siguientes fuimos a terminar los trámites.
Estaba harto de pasar por tantos papeleos y esquivar la cara cuando veía la expresión de la gente al saber que quería adoptar un niño junto a una mujer mayor.
Al fin llegó el día, y adoptamos a un niño de 8 años, al que llamó Henry, como su padre. Para mí era casi irrelevante, porque no era mi hijo, sino un capricho de esa mujer. Ella, se daba cuenta de lo indiferente que era Henry para mí, pero solo optaba por observarme y quedarse callada.
Yo pasaba los días recorriendo en la misma ruta, y a la misma hora en que me encontré con esa mujer, pero nunca la encontré.
Pasaron los años y decidí ocuparme más de la fábrica.
Cierto día, Henry, enfermó, enseguida lo llevamos a la clínica, le diagnosticaron un tumor pulmonar. Lorena estaba deshecha, tenía un dramatismo único para esas cosas. Henry pidió verme antes de entrar a la sala de operaciones, ya había cumplido los 12 años.
Con voz entrecortada me dijo que sabía que yo no lo quería, pero que él sí. Fue un error, desde casarme por ambición, hasta adoptar a un niño que no iba a ser capaz de querer. Le desee suerte y salí lo mas rápido que pude. Corrí por todo el pasillo, hasta llegar a la columna más lejana de la clínica. Después de muchos años me invadieron las ganas de llorar, solo cerraba fuerte los ojos y lloraba por dentro, cuando al fin, derramé una lágrima, sentí al mismo tiempo que alguien me tomó del hombro, pensé que podría ser Lorena, y me volví contra mí, no quería que me viera así. Pero luego me tomó una mano suave de la quijada y me pidió que la mire.
Voltee lentamente y era ella, la mujer con la que hace años choqué a mitad de la noche. Quizá era el destino que se empeñaba en que conociera a esa mujer.
Me llevo al cafetín del hospital, y le empecé a contar todo sobre mi vida, sin inhibiciones. Le conté que me había casado con esa mujer mayor por pura ambición. En ningún momento la noté asombrada, por el contrario, tenia una quietud y emanaba una paz increíble, parecía que su comprensión no tenía limites. Ella trabajaba allí desde hace 2 años, la medicina era su pasión. Antes de despedirnos me dijo que le gustaría volver a verme.
Días después Henry se recuperó de la operación y todo volvió a la normalidad.
Por años, pasé viendo a escondidas a Celeste, se había convertido en mi amante, era todo lo bueno que había en medio de esta vida equivocada.
La fábrica tenía altos inversionistas, con Lorena todo seguía igual.
Henry, era ya un hombre.
Las pocas veces que lo veía me parecía introvertido, extraño, hasta me inspiraba miedo.
Un jueves en la tarde, mientras yo estaba de viaje con Celeste, Henry llamó para avisarme que Lorena había fallecido.
Cuando llegue a casa, lo vi sentado en un rincón al lado de la chimenea, con la mirada desviada, aunque extrañamente no triste.
A pesar que amaba a Celeste decidí no casarme con ella.
Ella no lo entendió y días después desapareció .Yo me refugié en el alcohol. A veces iba borracho a la clínica donde Celeste trabajó anteriormente, pero nunca más la encontré.
Pasaron 5 años de la muerte de Lorena, de mi vicio por el alcohol, de buscar incesantemente a Celeste. Henry seguía viviendo conmigo, ya se había graduado, era un próspero abogado. Los únicos momentos que compartíamos eran cuando llegaba bebido de algún bar y tomaba conmigo unas copas de whisky. El tiempo pasaba lento y
solo recuerdo haber despertado en el hospital, a mi alrededor se encontraba un doctor conversando con Henry, no llegué a escuchar lo que le decía.
Había un aire que emanaba peligrosidad en esa habitación.
Pasaron más de 2 semanas y no entendía porqué no me daban de alta. Tenía principio de cirrosis por lo que le escuché al mismo doctor.
Ese día en la noche, cuando las luces estaban apagadas, sentí que alguien entraba al cuarto… me quede impávido.
La voz se me apagó y no pude gritar. Sentí que me colocaron la aguja de una inyección sobre el brazo. Respire profundo e intenté gritar nuevamente, ésta vez con mejor fin. Enseguida llegó el doctor con algunas enfermeras, y al contarles lo que había pasado, dijeron que había alucinado, por los antibióticos que me estaban administrando, se empecinaban en confundirme, pero yo estaba seguro que era real. Aún aturdido por lo que me pasó, note nerviosismo y algo de complicidad en la mirada de una enfermera.
Al día siguiente sentí nuevamente la muerte de cerca, lo último que recuerdo fue que una enfermera me suministró una dosis muy fuerte de calmante, mis ojos se cerraron.
Cuando desperté el doctor se encontraba sanándome unas heridas que tenía en el cuello. Tenía dañada parte de la tráquea, y hablaba con dificultad. Cuando llegaron las enfermeras a revisarme yo demostraba una mirada apacible, y no mis ansias de escapar. Tenía que ser ese mismo día, no podía esperar más.
La enfermera del turno de tarde daba la impresión de ser practicante. Así que decidí arriesgar la última oportunidad que tenía de escapar de la muerte.
Yo no podía hablar muy bien, así que hacía ademanes, para confundirla, ella insistía en que no lograba entender, con la mano le insinué que acercara su rostro para hablarle al odio, ella se acercó.
"Me voy a morir, llame a un padre para confesarme por el amor de Dios"… le dije con voz atemorizante. Enseguida llamó al padre que tenían en la clínica, y se retiró.
Una vez completamente a solas le dije que habían intentado matarme dos veces y que mi vida dependía de él ahora. Les expliqué los sucesos.
El padre se espantó, accedió rápidamente a ayudarme. El tendría que regresar con una túnica igual a la que llevaba puesta y distraer a la enfermera novata.
Salí rápidamente del cuarto ya con la túnica puesta, se me hacía una eternidad llegar a la salida.
Después de salir sigilosamente de ese averno, llegue a casa, aprovechando que Henry estaba aún en la universidad. Al llegar me dí con la sorpresa que había cambiado las cerraduras, aún así logré entrar, pero una vez dentro de ella, empezó la pesadilla.
Henry puso retratos de su madre por toda la casa. Entré a mi cuarto, las paredes estaban pintadas de negro y habían tres fotografías colgadas en la cabecera de mi cama, con los retratos de Lorena, Celeste, y el mío, en la parte inferior decía: "Descansa en Paz".
No puedo explicar lo que sentí en ese momento, como dije al principio nunca antes sentí adentrarse en mi el silencio.
Henry se había convertido en un Psicópata, había asesinado a Lorena y a Celeste. Me quede estupefacto por un buen tiempo, pero presentí la hora exacta en que caería la noche. Cuando me dispuse a salir, fue demasiado tarde, él ya estaba dentro de la casa.
Llegó con una mujer, reconocí la voz, era la enfermera que me suministró el calmante aquella noche. Escuché todo lo que conversaban. Le contó paso a paso como mató a Lorena, y porqué mató también a Celeste.
Ocurrió un día que ella iba de camino a la fábrica y él se le acercó. La llevó al departamento que rentaba paralelamente y una vez allí la amenazó con que desapareciera de mi vida. Ella se rehusó, y él le dio un tiro.
A partir de ese momento planeó fríamente mi alcoholismo, sabía lo propenso que me pondría la ausencia de Celeste.
Luego de narrar como mató a mi amante, empezó a narrar la muerte de Lorena.
Mientras yo estaba de viaje, le pidió que se separase de mí y me quite todas las acciones que tenía en la fábrica, pero ella desistió también. Sin remordimiento alguno la mató. Luego que la enfermera se retiró, Henry empezó a hablar solo, a gritar mi nombre por toda la casa, como si asumiera que estaba ahí.
Ingresó al cuarto, yo estaba escondido en uno de los armarios, la garganta me raspaba terriblemente y no pude contener la tos.
Henry abrió violentamente la puerta del armario, y me tomó del cuello, tratando de asfixiarme, simulé desmayarme.
Sentí que me arrastró hacia su auto, abrió la gaveta y me metió allí.
Luego de 2 horas de camino, paró el auto, y sacó mi cuerpo. Recuerdo muy bien sus palabras: "éste es tu fin, y tu fin es mi comienzo".
Encendió el auto y desapareció.
Me quedé inmovilizado por horas, era como si todo se hubiera convertido en la más espeluznante pesadilla, de la que ya quería despertar.
No sabía donde estaba, ni a dónde iba. Ese día caminé mucho, por los alrededores del asentamiento humano donde había dado a parar.
La túnica me salvó nuevamente.
Los pobladores de ese lugar, aunque humildes eran muy religiosos.
Me dieron comida y posada, creyendo en mi magno rango espiritual.
El día después de mi muerte, fue el más largo.
Espera a que cayera la noche, y llegué a la casa. Henry estaba tirado en el sofá, con una copa de vino tinto en la mano. Por un momento, se me reveló, la imagen de mí mismo, cuando el alcohol dominaba mis sentidos, y me tendía en aquel sofá, imaginando a Celeste dándome un abrazo.
Henry empezó a vociferar, repetía, que no era posible, que yo ya estaba muerto, se puso de pie y sacó un revólver, se fue acercando a mi, el arma intimidante, se acercaba más a mis ojos y en un descuido, producto de su ebriedad, me lancé.
Forcejeamos unos minutos con la pistola.
La bala se disparó.
Era Henry el que ahora estaba tendido frente a mí, sin vida.
No era justo, pero y quien es justo ?, la vida es justa?, los padres que me dieron en adopción fueron justos?, la mujer con la que me casé, era justa?, era justo que la única mujer que amé, muriera por mi culpa?, era justa la vida? me repito eso una vez más.
La pistola albergaba una bala más, la necesidad de ser justo por primera vez se disfrazó en un impulso.
La segunda bala se disparó cerca de mi corazón y me quedé allí…postrado en aquel piso lleno de sangre, vino tinto, lágrimas inconclusas, y de demonios que nunca llamé, pero que siempre estuvieron conmigo.

Una lágrima en la luna

I

Yo vivía en un bosque, al norte de Normandía, cruzando la cascada de los hechizos y el monte de la luna.
Le decían así, porque tenía en la cima una piedra en forma de luna.
Muchos dicen que aquel monte estaba encantado, al igual que los ochocientos treinta montes del reino de Saint Michel. Pero ése, era especial.
Cuenta la historia que hace muchos años llegó la era de niebla a Normandía, en la que tanto bosques, palacios y montañas se cubrieron completamente, nadie pudo salir de sus casas.
Pasaron diecinueve lunas más y la niebla fue desapareciendo, poco a poco.
El duque Guillaume mandó a los soldados del palacio a inspeccionar si en algo había cambiado el reino.
Fue entonces que Don Heik de Zuar, el habitante más viejo de Normandía llegó al palacio para traerle noticias al duque.
En la cima de un monte, pasando el puente de los hechizos, una criatura indescriptible estaba tallando una gran luna sobre una piedra.
El duque de inmediato envió a noventa soldados normandos y a cuarenta civiles, pero lo único que encontraron fue la gran luna incrustada en aquella piedra que también había tomado esa forma, mas no a la inquietante criatura, quien, por cuya descripción había dejado a Don Heik de Zuar en la mayor consternación.
Durante muchos años ningún mago, hechicero o civil tuvo la valentía de escalar aquel monte por el miedo de encontrar aquella criatura, a la que ya muchos, tal vez con la intención de hacer alarde o con la mágica certeza, decían haber visto.

Cuando yo pasaba por allí, sentía un escalofrío intenso. Sin explicación alguna.
Yo, que había visto a hechiceros, duendes y animales amorfos pasar frente a mis ojos, sin inmutación alguna, no entendía porque me sentía así con tan solo estar cerca de ese lugar.
II


Hace muchos años los gnomos del país de Coux me encontraron desfallecida en alguna parte del bosque, sin memoria alguna, y me llevaron a vivir con ellos.
Fue entonces que entre todos construimos una casita en las faldas del cerro más lindo del bosque. Los gnomos me llaman Eynel, no sé porque razón, ya que todos los demás habitantes del reino me dicen Soufía.
Desde ese día he vivido con ellos.
Tenían los nombres de los principales reinos de Normandía. Houlme, Bessin y Vernier.
Houlme tenía los ojos verdes como las hojas, y eran los ojos más grandes del reyno de Saint Michel. El era muy tierno y bueno, muchas veces hasta ingenuo.
Bessin tenía los ojos amarillos como el sol y la barba rubia, como sus rayos.
El tocaba el arpa todas las tardes después de llegar de cortar leña. Su música adormecía a cualquiera que lo oyese.
Vernier era el gnomo mayor, él tenía los ojos color violeta y sus barbas eran las más inmensas que había visto .Era muy sabio y práctico.
Su historia era muy triste.
Houlme, Vessin y Vernier fueron hace un tiempo, tres apuestos y nobles caballeros que dejaron sus reinos para buscar el amor, sin saber que el destino les había puesto una gran prueba.
Ellos se enamoraron de las ninfas de Orión, hijas del duque Guillaume de Normandía.
El nunca dejó que sus hijas le dieran su corazón a hombre alguno, así que llamó a Anaín el hechicero más poderoso del reino para que los conviertan en gnomos (el hechizo más fácil de ejecutar).

III

Una noche llegué a casa, más inquieta que nunca, por la sensación que me causaba pasar por aquel monte.
No sabía si eran las ramas o aquellas rocas o aquel vacío que se disipaba.
No quise contarles a los gnomos que subiría aquel monte, pues sabía que intentarían todo para detenerme.
Así fue que esperé con calma la estación de las flores, cuando los gnomos viajan al reino de Saint Fresno y me quedaba sola.
Esa mañana se despidieron y partieron hacía su destino.
Yo preparé todo esa misma tarde y a la mañana siguiente me dirigí muy temprano hacía el monte de la luna.
La primera parte del monte estaba lleno de arbustos y de flores azules de todos los matices imaginables. No había sonido alguno, ni siquiera el de mi respiración.
Seguí subiendo por el camino y de pronto cientos de colibríes empezaron a emitir sonidos y a lo lejos escuché una música…. Me acerqué para poder saber de dónde provenía.
Me fui alejando un poco del camino que había seguido desde el principio hasta que llegué a un lago, en él que me vi reflejada. Mi apariencia había cambiado.
Mis cabellos estaban más claros, mis ojos se veían más vívidos que nunca y mis ropas lucían igual a los vestidos que portaban las ninfas de Orión.
No me explicaba porqué sucedió aquello, pero sabía que era un gran indicio de lo que aún faltaba por acontecer.
Regresé para seguir el camino marcado de la montaña, y después de mucho caminar, el lugar se tornó de un tono celeste, muy claro, mientras las luciérnagas empezaron a brillar en medio de todos los arbustos.
Estaba extasiada por toda la belleza que tenía frente a mis ojos, empecé a dar vueltas entre ese espacio, hasta que un sueño inmenso me invadió de pronto, como si no hubiese dormido hace meses, y así me fui quedando dormida.
Al día siguiente desperté y a mi lado se encontraba una canasta con frutas de todas las estaciones; y un manantial donde pude beber el agua más pura.
Seguí descansando un momento más, y empecé de nuevo el recorrido.
Caminé y caminé, hasta llegar a la mitad del monte y fue cuando de nuevo sentí aquel desvanecimiento portentoso y me quedé dormida otra vez…
Eynel…. Eynel… me despertaron unos cantos, eran las aves entonando mi nombre.
A mi lado estaba nuevamente una canasta con frutas y un manantial.
Seguí caminando hasta que anocheció, ya estaba muy cerca, podía visualizar de cerca la piedra de la luna. Observé a lo lejos algo o alguien sentado sobre aquella piedra.
Subí más para poder saber qué era exactamente, hasta que llegué a observarlo de cerca.
Era una criatura con los ojos extremadamente bellos y tristes a la vez.
Sus ojos se reflejaban perfectamente con la luna menguante.
Tenía el dorso descubierto y totalmente cubierto de un pelaje, y sus formas no eran exactamente humanas.
Seguí subiendo para descubrir la identidad de aquella criatura, hasta que alguien me habló por detrás. Era Vessin, quien llegó a casa antes que Houlme y Vernier, porque le inquietaba que hubiese tratado de subir al monte.
-Eynel, regresa conmigo, no te acerques a esa criatura, vamos a casa, allá te explicaremos todo.
-No, Vessin, no regresaré hasta acercarme a él y descubrir lo que me ata a todo ésto.
De pronto empezó a tocar el arpa y empecé a desvanecerme.
- Es lo mejor para ti… fue lo último que le oí decir.
Cuando desperté sentí una tristeza inmensa, Vessin estaba a mi lado, ya era de día y seguíamos en el mismo lugar.
-Porqué me hiciste esto? Le reclamé.
- Aunque todo el mundo siempre te ocultó la verdad, creo que es hora de que la sepas… me dijo.
Todo empezó hace años, mis tres hermanos y yo conocimos a las ninfas de Orión en un baile del palacio Saint Michel.
- Tres hermanos? , ustedes son tres hermanos.
- No, somos cuatro, Vernier, Houlme, yo, y Moligninos…
- Moligninos?
- Sí. Así se llama mi hermano mayor. Los tres nos enamoramos de las 4 ninfas de Orión.
- Cuatro? Pero si solo son tres…
- No Eynel, cuánto desconoces aún.
- Los cuatro nos enamoramos de ellas y las frecuentábamos en todos los bailes a los que éramos invitados.
Después de varios meses planeamos rescatarlas de aquel encierro al que estaban sometidas por su padre, el duque Guillaume.
Sin embargo, no era fácil, muchos soldados resguardaban el palacio.
Moligninos que era el más valiente decidió entrar solo al palacio, pero fue inútil, enseguida fue atrapado por los soldados y nosotros fuimos tras él.
Fuimos atrapados también.
El duque se enfureció y mandó buscar al hechicero…
- Y los convirtió en gnomos, ya lo sé!
- Sí, pero eso no es todo. El duque tenía una hija favorita, y fue precisamente ella quien lo enfrentó prefiriendo ser desterrada a seguir en ese palacio con él.
En ese momento el duque volvió a llamar al hechicero para mandar un mal más fuerte sobre Moligninos, que era el hombre a quien su hija favorita, amaba.
Ella fue desterrada junto a nosotros, quitándole memoria alguna de haber sido alguna vez lo que fue.
La ninfa desterrada, fuiste tú, Eynel.
Después de escuchar a Vessin, todo empezaba a tener sentido.
-Entonces?, yo soy una ninfa de Orión?
- Sí y Moligninos es o era el hombre que amaste, a quien tu padre mandó a realizar un hechizo más fuerte.
Convirtió a Moligninos en una criatura sombría que solo podía salir en las noches y permanecer para siempre en éste lugar.
Antes de desterrarnos, nos avizoró que si intentábamos acercarnos a él algún día, tanto nosotros como Moligninos desapareceríamos para siempre.
No quisimos contarte nada. Sabíamos que correrías a buscarlo.
Cuando tu padre nos desterró, prohibió al reino llamarte por tu nombre, y ellos te dieron el nombre Soufía, aunque entre nosotros nunca dejamos de llamarte por tu verdadero nombre…

No recordaba nada de lo que Vessin me contaba, pero sabía que tenía que hacer algo para recuperar a Moligninos.
Ese día regresamos a casa, antes de que llegasen Houlme, y Vernier.
Así que decidí ir al palacio del duque Guillaume, mi despiadado padre.

IV

Vessin ya había perdido las esperanzas de volver a ser caballero y reencontrarse con su hermano, pero sé que tenía mucha fe en mí, por eso quiso acompañarme.
Cuando llegamos al palacio, los soldados cerraron las puertas, pues por orden explícita del duque, yo no podía pisar jamás aquel lugar.
Sin poder hacer nada, regresamos a casa.
Estuve ideando millones de maneras para poder hacer algo, pero nada se me ocurría.
No podía buscar al hechicero Anaín, pues éste hace muchos años había dejado el reino.
Siguió así el tiempo, igual.
Vernier y Houlme ya sabían que estaba enterada de todo.
Cada día se me hacía imposible, seguir pasando por aquel lugar, en el que se encontraba aquel hombre que debió amarme demasiado, y que ahora vivía a la sombra de su silencio, esperando que algún día todo hubiese sido, solo un mal sueño.
Al menos con tan solo haber subido a aquel monte, había recuperado mi apariencia.
Me preguntaba, si todo volvería a la normalidad si yo llegase a ver a Moligninos. También me preguntaba, porqué él había tallado aquella luna en esa piedra.

IV

Sin decir nada, salí una noche en busca de él.
Subí por todo el camino, sin desfallecer ni un instante.
En el camino choqué con un gran muro, que no vi en mi primera travesía.
No sabía cómo atravesarlo. Me acerqué y lo toqué por un momento.
De pronto cerré mis ojos y me fui sumergiendo, hasta que salí y aparecí en la cima del monte.
Allí estaba él, sentado sobre aquella piedra, mirando el cielo, esperándome como todas las noches.
Me acerqué sin importarme que desapareciera todo en ese momento.
Solo importaba ver por última vez, sus ojos tristes frente a mí.
Llegué hasta donde estaba, y nos miramos fijamente.
- Te estuve esperando, Eynel…me dijo
En ese momento, empecé a recordar su voz, su mirada fija, sus ganas de amar para siempre.
Me seguí acercando a él, sin poder contener las lágrimas, mirándolo fijamente, pero él seguía sin moverse.
- Eynel, no puedo moverme, estoy destinado a quedarme aquí, frente a ti, con éste aspecto y sin poder tocarte.
Seguí llorando por la crueldad de aquel destino, frente a aquella piedra que lo sostenía.
Después de varios minutos, alcé la mirada, y él ya no estaba.
De pronto apareció detrás de mí y me abrazó fuertemente, estaba igual que antes, y yo recordaba todo perfectamente.
- Es la lágrima en la luna, me dijo…Todo hechizo tiene un contra hechizo.
Anaín dejó dicho el día que me lo envió, que la única manera de que todo ésto desapareciera, era que tú vinieras hasta aquí y derramases sobre ésta piedra, una lágrima.
Durante años esperé tu llegada, pero ya no hay mas que lamentarse, estamos libres de aquel hechizo.
- Sí mi amor, ahora iremos a ver a tus hermanos, que te extrañan muchísimo…

Bajamos el monte y fuimos rápidamente a buscar a Houlme, Vessin y Vernier.
Encontramos a todos como eran, fuertes y radiantes.
Moligninos ordenó regresar a sus reinos para buscar refuerzos y así regresar por mis hermanas. En sus reinos, encontramos caballeros de nobles sentimientos, quienes les regresaron sus puestos.
De regreso a Saint Michel, viajamos con más de dos mil soldados, quienes entraron al palacio y rescataron a mis hermanas, las ninfas de Orión.
Mi padre quedó devastado. Nos enteramos tiempo después que murió solo en su palacio.
Nosotros vivimos felices, cada quien recuperando el tiempo perdido.
Moligninos y yo decidimos construir un castillo en aquel Monte, para dejar de recuerdo a la luna, que siempre nos amaremos, aunque pase el tiempo.

Isella Carrera Lamadrid.

Cómo llegar a un lucero

No sé porqué seguía contemplando el reloj, si él nunca llegaría.
Eran las 5:45 pm y las calles olían a tristeza, siguió pasando el tiempo y las calles no olían a nada.
Tiré el último cigarrillo de la húmeda cajetilla y la tiré después con más lágrimas.
Luego caminé entre cientos de calles, y avenidas que parecían nunca acabar.
Lo veía colgado en los edificios, sentado en alguna banca, despidiéndose desde algún bus.
Después de algún tiempo más, y varios pasos perdidos, lo vi.
Estaba bajo un puente lleno de sombras y karma. Corrí rápidamente, me acerqué y lo tomé de la mano.
- Me amas?... me preguntó.
Le di un beso, y le dije: estoy aquí, no preguntes.

II

Miguel era poeta. Sus poesías eran violentas y tiernas a la vez. El mismo las definió de esa manera en la dedicación que me dejó en uno de sus libros.
Lo conocí una mañana de verano en la ciudad imposible.
Yo ya había escuchado de él, había hablado con él, había caminado con él en tantos de mis sueños.
Pero aquella mañana llegó a la ciudad imposible .

- En un momento baja…me dijo el recepcionista
- Está bien, gracias, yo espero.
De pronto sentí cada paso desde el segundo al primer piso.
Un temblor inmenso e indescriptible se asentó en mi corazón
- ¿Usted es la periodista ?
- Sí
- ¿Podría hacerme las preguntas que necesite esta noche en la presentación del libro?, estuve mas de 3 horas enclaustrado en un aeropuerto y luego en un avion sacrílego para mi mordaz única hora de sueño. En estos momentos estoy saliendo a desayunar.
- Si…, no hay problema, si usted desea lo puedo acompañar…
- Me gusta comer a solas, disculpe, nos vemos en la noche, disculpe mi mal humor, todo es culpa del sacrílego avión o de las sacrílegas nubes, yo no se, nos vemos esta noche.
Me dio un frío estrechón de manos, y se fue.
Salí del hotel,confundida, imaginé al menos una mirada cómplice, un beso prolongado, un grito de sus ojos.
Me pasé toda la tarde preparandome para esa noche, quería parecerle tan hermosa como los personajes que describía en sus libros y que escribiera versos basados solo en ese instante.
Mas tarde,llegue a la presentación del libro.Todos llegaron muy puntuales incluyendo a Miguel.
Su libro se llamaba: “Secretos de una devoción”.
La crítica nacional había catalogado una semana atrás a aquel poemario casi como una ofensa literaria, pues discrepaba con toda la prosa denunciante, las rimas fuertes, crudas y dictaminantes que habían identificado a Miguel desde sus inicios.
La expectativa se sentía en cada rincón de esa sala. Todos queríamos saber que había inducido a aquel joven poeta a cambiar de género tan abruptamente.
-¿Qué es el amor,sino el mas absurdo disfraz de unos besos, unas heridas, y de la muerte?... eran las palabras impregnadas en la caratula del libro.
Todos los poetas, intelectuales y autoridades de la ciudad imposible, asistieron.
Como era indudable después de la presentación todos se reunirían en otro lugar para tomar algunos tragos y tratar de averiguar cual era el fondo de aquel libro.
Antes de que eso ocurriese, me acerqué a Miguel.
Volteó a verme apenas escuchó mi voz.
- Miguel?
- Si…
- Hola, me recuerdas?, nos vimos ésta mañana, me llamo Lucero, soy periodista.
- Si, claro!!! creo que el sacrílego fui yo ante ti, yo te dije que no? Cuando quisiste acompañarme a desayunar?
- Me temo que sí…
Sentí como se perdió en mis ojos por largos segundos y yo en los de él .
Todos seguían llamándolo.
- Miguel, vas en el auto del alcalde, todos nos encontraremos allá en un rato, le dijo Javier,organizador del evento.
- Creo que me seguirás debiendo la entrevista… le dije.
- Desde hoy prometo no deberte ni una sola noche, Lucero. Tú vienes conmigo, tomó su saco y lo puso sobre mis hombros.
Aquella noche nos excluimos del mundo,estuvimos frente a frente descubriéndonos el uno al otro.
De regreso tomamos un taxi y me dejó en mi casa. Quedamos en volver vernos al día siguiente.
Dormi aferrada a su saco y al olor indescriptible que emanaba todo lo que estaba cerca de él.
Al dia siguiente me llamó.
- Lucero, puedes venir ahora mismo al aeropuerto, quiero verte antes de irme.
Después de esa despedida súbita todo volvió a ser como antes.
Pasaron dos meses y Miguel se volvió a comunicar conmigo.
Queria que fuera con él a un evento literario en Chile por una semana.
Sin pensarlo acepté y después de dos días Miguel me estaba esperando en el aeropuerto, nuestro vuelo salia esa misma noche a Santiago de Chile.
Durante todo el viaje casi no conversamos, eran más miradas y roces, que palabras.
En Santiago, hacia un frío inmenso pero era hermoso sentirlo, mientras Miguel me abrigaba y me susurraba versos: /Escribiré versos de frío para tu sonrisa en los veranos/ y en inviernos como éste, y en países que aún no se han hecho para ti…



III

Al día siguiente fue la ceremonia de presentación de poetas.
El estaba por su lado, conversando con personas de la sala, firmando libros; y yo, fotografiando cada parte del imponente auditorio Santiaguino.
De pronto mientras tomaba las fotos, choqué con un joven, que por su apariencia, no era chileno.
Se presentó ante a mí y me dijo que se llamaba Danilo y era periodista también, venía de Argentina.
Miguel, que había estado todo el tiempo sin estar pendiente de mí, me sorprendió de pronto cuando alzó la mirada y me quedó observando mientras conversaba con Danilo.
Enseguida vi que se disculpó con las personas con las que había estado conversando y se fue acercando. Me tomó del brazo, Me la prestás un momento?/ le dijo, y enseguida me sacó del salón.
Cuando estuvimos fuera del auditorio, me reclamó por haber estado conversando con Danilo.
Según él, ya lo conocía de otro evento cuando presentó un libro en Buenos Aires y no le había caído nada bien.
Aunque sus repentinos celos eran infundados, le prometí no acercarme más a Danilo.
Transcurrió el día y luego salimos a cenar. Se tomó varios tequilas dobles esa noche.
Los siguientes días fueron casi iguales, y los momentos plagados de tanto romanticismo que soñé, nunca sucedieron.
Un día antes de partir, Danilo fue a buscarme al hotel, la recepcionista me avisó e inmediatamente bajé al living y me puse a platicar con él.
Miguel bajó de su cuarto luego de un rato y nos vió, sólo observó unos segundos y se fue.
Danilo me invitó amablemente a almorzar, quería platicarme sobre el altercado que tuvo con Miguel hace algunos años, pero me negué a su invitación, porque imaginé que Miguel no demoraría en regresar. Así que después de un momento se retiró.
Me quedé toda la tarde y toda la noche esperándolo pero no llegó.
Así que decidí dormir porque el viaje al día siguiente sería pesado.
Esa misma madrugada me despertaron algunos gritos, era Miguel quien había llegado borracho al hotel y prácticamente provocó un gran escándalo.
Cuando bajé, vi a Miguel casi inconsciente, balbuceando, insostenible, todo el idealismo que él había provocado en mí, se esfumó al ver esa imagen.
Los empleados del hotel me ayudaron a llevarlo a su cuarto.
Hice que le prepararan una bebida caliente y cuando empezó a pasarle la borrachera se dió un baño. Me quedé ahí hasta que se quedó dormido.
Al día siguiente a las 10am salía nuestro vuelo. Una hora antes, Miguel ya estaba esperándome en la puerta del hotel.
Durante todo el viaje no cruzamos casi ninguna palabra.
Apenas llegamos a Lima, me dirigí a tomar mi maleta y salí rápidamente por la sala de desembarque, luego de eso, tomé un taxi y me fui.
No supe si se quedó allí o si ya se había ido, me dolía tanto cómo se había comportado, y era tanta mi desilusión, que no quise desde ese momento, saber de él.

IV

De Miguel no supe más nada, hasta que se apareció en la puerta de mi casa tres semanas después. Me invitó a cenar y se disculpó por su repentino arranque de celos y por echar a perder nuestro viaje.
Era tan fuerte lo que sentía por él, que apenas vi sus ojos, terminé por perdonarlo.
El se quedó un tiempo en la ciudad imposible demostrándome su lado dulce, y su deslumbrante inteligencia, tenía una manera tan única de ver al mundo.
Todo era perfecto, y terminamos por enamorarnos uno del otro.
Una noche muy estrellada, me llevó a pasear a la represa, para festejar nuestro aniversario; pero el verdadero motivo por el cuál me llevó fue para pedirme que me case con él.

Tú eres lo más lindo
“de mi vida
“que anda en viajes, sueños
Y la letal realidad de no tenerte
“tu eres, la princesa
Encantada de mi castillo
De mi soledad, de ésta soledad de la que tanto quiero escapar, Lucero…
Quieres ser mi esposa? …

Meses después nos casamos.



V
Todo iba muy bien, Miguel se quedó a vivir aquí en la ciudad imposible conmigo. Compramos una casa muy bonita, con un aire antiguo, se la compramos a uno de mis tíos que se fue a vivir al extranjero.
Miguel se dedicaba a escribir para revistas nacionales e internacionales, aparte de otros trabajos en la editorial.
Yo seguía trabajando en el periódico hasta que supe que estaba embarazada.
Desde el primer mes, Miguel quiso que dejara el trabajo. Hacía muchas fiestas y reuniones con los amigos que rápidamente había hecho aquí.
Cada vez lo hacía mas seguido, llegaba bebido a casa, y aunque sé lo mucho que nos amaba a mi hija y a mí, su descontrol con la bebida era cada vez más fuerte.
Todos los meses siguientes se resumieron a malas noches, y a muchas lágrimas.
Yo nunca le conté nada a mi madre, y para muchos, éramos la pareja perfecta.
Era una linda historia de amor moderna, la fan que se casó con él escritor.
Pero nada de eso estaba cerca de la realidad.
La única persona que sabía todo y me atendió durante mi embarazo, fue una prima lejana que mi mamá trajo a vivir a mi casa.
Luego de muchos meses, mi hija Virginia nació.
Era la bebé más hermosa, tan delicada y tierna, tenía el color de mis ojos y la sonrisa de Miguel. El estaba feliz, solo por ese día no tomó ni una gota de licor y se pasó la noche entera en la clínica.
Yo estaba inmensamente feliz, y tranquila, pero la tranquilidad me duró poco.
Miguel seguía llegando borracho a la casa y muchas veces despertaba a Virginia con sus gritos, ya todo se había vuelto insostenible, como era de costumbre al día siguiente se disculpaba y me decía que quería cambiar, que me amaba, pero luego empezaba a hacer lo mismo.
Vivía entre la felicidad que me daba mi niña, y el dolor que me causaba Miguel.
El dolor de seguirlo amando tanto, a pesar de todo.
No podía seguir soportando esa situación, así que un día, después de diez meses me fui de la casa con Virginia en los brazos y con la lluvia sobre nuestros rostros, era un momento surrealista con tanto dolor.
Llegué a casa de mi madre y le conté todo lo que había pasado éste tiempo y me quedé a vivir en su casa.
Tiempo después me enteré que Miguel viajó a Lima, la misma semana que lo dejamos.
Yo vivía buscando un poco de él en el mundo, sentada en la orilla de algún río, imaginando un beso, imaginando que algún día fue algo que de verdad existió.




III

El tiempo por el que él caminaba y los silencios que los otros dejaban, no eran más que el rompecabezas de su vida.
Hacía mucho frío en Lima, pero él ni siquiera lo notó.
Sus días, eran tomar doce tazas de café, fumar, poco o mucho, según el día; y escribir sobre mí.
Sus noches, eran momentos de negación, lágrimas, pocas o muchas, según la luna; y escribir sobre mí.
Ya todo el medio poético se había enterado de la situación de Miguel.
Sus libros se vendían tanto o más que antes.
Mientras yo lo estaba pensando, el pasaba por el bar Monterrico con la mirada fija en las botellas que servían, golpeándose la cabeza, tratando de evitar ir corriendo a beber una de ellas.
Me moría por saber cómo estaba, a pesar del resentimiento que le tenía, yo aún lo amaba.


IV

Después de un tiempo regresé a trabajar al periódico y aunque vivía intranquila, por no saber de él, en todo lo demás me iba bien.
Una tarde me llegaron unos datos de Lima para la elaboración de una nota. Eran fotos de Miguel y la reseña de la presentación de su nuevo libro, todo esto era enviado por su editorial.
Cuando empecé a realizar la nota, con el profesionalismo que harِía con cualquier otra nota, me dí con el gran asombro al leer el título de su libro: “Cómo llegar a un Lucero”.
Deseaba tanto saber sobre el contenido de aquel libro, ese insinuante título, no era más que un mensaje escondido para mí, de eso estaba segura.
El libro aún salía en una semana, así que me puse a investigar sobre su vida, y lo único que me produjeron esas noticias, fueron lágrimas.
Miguel se había convertido en un poeta que escribía en las bancas de un parque y que luego dormía en ellas; en un errante que tomaba buses sin destino.
Su apariencia había cambiado, tenía el cabello largo y una barba de meses.
También me enteré que rechazó un premio internacional de literatura y los dueños de la editorial estuvieron a punto de demandarlo si no cumplía con entregar un nuevo libro para publicar.
Por eso en éste tiempo de ausencia escribió “Cómo llegar a un Lucero”.
Apenas conseguí el libro, lo empecé a leer. Mientras lo hacía, Virginia lloraba en su cuna y gritaba papá.
Cuando terminé de leer el libro, dejé encargada a Virginia a mi madre y me dirigí al terminal de autobuses, sin maleta, sin el libro, solo con una claridad que nunca había tenido antes.
Apenas llegué a Lima, lo busqué incesantemente, pero no lo pude encontrar.
Ya estaba decidida a irme de Lima, habían pasado semanas, siguiendo rastros y pistas de su paradero, pero la melancolía supo alojarse en mi corazón y dí todo por perdido.
La mañana antes de irme, salí a dar muchas vueltas en varios autobuses, tal como él lo hacía últimamente, el mundo estaba tan despoblado con su ausencia y todo se parecía a la frontera de la que él tanto hablaba en sus cuentos.
Bajé llorando de alguno de los buses que tomé aquella mañana y caminé como nunca había caminado, sin sentir cansancio ni frío, sin sentir el tiempo que tanto duele, caminé hasta que lo vi. Estaba bajo un puente con la mirada en el vacío, y un papel; sus manos de décadas escribían un poema, mientras yo me iba acercando, con el mismo temblor que tenía cuando lo ví la primera vez.
- Me amas?... me preguntó.
Le di un beso, y le dije: estoy aquí, no preguntes.


V

Y así nos fuimos, caminando por un océano que no era más que un desierto de vidas.
Las nubes sobre mi espalda esperaban desde hace mucho las lluvias irrumpidas que él dejó, pero ya no esperaría más. La daga mas limpia de su alma nunca se apartaría de mi corazón y el hechizo de mil años viviría para siempre en mí.
La única manera de ser felices, era ayudándolo a recuperar el lucero que una vez perdió.
Así pasó el tiempo, vertiginoso como siempre pero delicado para algunos y yo no hice más, que seguir siendo la musa de la que Miguel terminaría escribiendo toda su vida.

Amor eterno


I

El estaba frente a mi rostro, mirándome a los ojos, como queriendo capturar en ese instante mi mirada. Yo, yo siempre quise adivinar de que vida venía su sonrisa y de que vida venía el.
El moría por rozar mis labios aquella noche en mi sueño de turno, mientras el tren recorría la misma ruta que ayer.
De rato en rato despertaba y observaba las estrellas, todo era extrañamente bello en momentos como ése, sin tiempo.
El era una ciudad escondida entre millones de ceibos con casitas encantadas en la cima de un bosque, el era una canción triste de invierno, el era como las doce campanas que tocan en las iglesias, el era un cuento, el era todo. El era la pluma que escribía mientras dormía, él era aquella fuerza descomunal que me hacia dibujar corazones cuando tenia una hoja de papel, el era alguien que nunca dejó de estar en mí.

Tenía los ojos tristes, la mirada limpia, y una sonrisa que parecía comprenderlo todo.
Sus manos eran tibias y al tocarlas nunca dejaba de volar.

Me tenía abrazada a él durante todo el viaje hacia Biel. Hacía un año que recorríamos la misma ruta y las lágrimas eran las mismas cuando llegábamos. Biel se había convertido en una ciudad a la que nunca quería regresar, pero él siempre me dio fuerzas para hacerlo. Luego de horas de permanecer en el lugar al que siempre íbamos, le pedí que fuéramos a Jungfrau, una de mis colinas favoritas en el cantón de Berna.
Cuando llegamos a la colina, nos sentamos en la parte más alta a ver las estrellas, cuántos secretos sabían ellas del mundo, ellas sabían que ese momento jamás existiría nuevamente.
No recuerdo cuánto tiempo estuvimos allí, solo recuerdo haber despertado en la estación de tren (SBB) antes de partir a Ilanz.
Seguí durmiendo todo el viaje. Cuando duermo suelo soñar con él, yo me encuentro en un campo grande y todo huele a jazmín, él me observa de muy lejos y mi corazón empieza a latir muy rápido, luego de eso, despierto… y me veo tendida en una cama de hospital al que nunca quiero regresar.

II

Conocí a Erick en México, hace casi dos años. Todo pasó tan de pronto, como si Dios hubiera querido iluminarme la vida y sellar todos mis vacíos de un solo golpe.
Viajé a México con mucha ilusión de volver a ver a mi familia, en Suiza solo vivía con mi tía Anette, ella me crió desde que mis padres desaparecieron en un incendio en una textil en Berna.
Estaba muy feliz de estar en México, ellos eran la única familia que tenía, y estar con ellos era lo más cercano a ser feliz.
Esa noche salí a visitar la plaza de Monterrey, mis tíos siempre me habían hablado de lo linda que era. Estaba llena de aves, y de parejas, en ese momento pensé que me hubiera gustado estar ahí con el hombre de mi vida.
Mientras iba avanzando a ver más de cerca las aves, empecé a escuchar una música de fondo.
- Es el bolero de Ravel me dijo.
Cuando volteé él estaba a mi lado y se quedó inmóvil viéndome, yo solo le sonreí.
Luego estuvimos conversando, el llevaba una cámara de fotos en su cuello, me dijo que venía todas las noches a aquella plaza a fotografiar a las personas, y a las aves, pero que desde ese momento solo vendría para fotografiarme a mí.
Fuimos a tomar una café juntos, nunca antes me había sentido así, él era tan lindo, tan sensible, inteligente, le conté algo de mí y que sólo estaría un tiempo en México.
Quedamos en vernos el día siguiente en la misma plaza, y así fueron los demás días, estábamos perdidamente enamorados uno del otro, pero era imposible, yo tenía mi vida hecha en Suiza, y el aquí.
Siempre íbamos a pasear por la ciudad, pero ninguno de los dos tocaba el tema mas importante, que era que iba a llegar el momento de separarnos.
Faltaban 5 días para la salida de mi vuelo hacia Suiza, y él me dijo que tenía algo muy importante que decir, una sorpresa, al día siguiente.
Pero nunca llegó, me quedé sola en la plaza, esperando que llegara, hasta cerca de la medianoche, y nunca llegó.
Yo no regrese más, salvo ese día que le pedí al taxi, estacionarse un momento antes de ir al aeropuerto. Pero tampoco lo encontré.

III

Cuando llegue a Suiza empecé a sentir el frío de siempre, un frío de invierno en mi corazón, frío en las calles de Berna, en los ojos de la gente, en el silencio, en las nubes.
Llegué a casa y la tía Anette no cabía de felicidad al verme, sin embargo había notado un poco de tristeza en mí, pero asumió que era por haber dejado a mis tíos.
Durante esa semana fui a inscribirme a la universidad de Berna para empezar con mi carrera, siempre quise ser doctora, quería ser muy buena y estudiar mucho, para que nunca se me escape una vida.
Desde niña pensé que si mis padres hubieran estado mejor atendidos, no hubieran muerto y aún estarían aquí. Por eso mas que nada, quise serlo.
Cada noche me ponía a escribir sobre Erick, llegaba a casa y solía sentarme junto a la ventana que da al balcón, esperando que mil emociones me enmudezcan y despertaran mi llanto, para luego escribir y escribir. Luego salía a ver la noche, el cielo estaba siempre tan vacío, tan amplio como ajeno, tan lejano de él y de mi misma.
Todo me recordaba a Erick, nunca pude olvidarlo a pesar del tiempo.
A veces caminaba sin rumbo por las calles y de repente volteaba, sintiendo su presencia, pero él no estaba.
Pasaron casi dos años iguales y mi conciencia le seguía pidiendo al corazón que trate de olvidarme de él.
Una mañana fui a hacer unas averiguaciones sobre un seminario que dictarían en Berna y antes de embarcarme en la estación de tren, me llamó tía Anette pidiéndome que regrese porque en casa me esperaba un amigo que había conocido en México.

IV

Fui de prisa a casa, no sabía que sentir, si era una equivocación, broma no podría ser, no, tía Anette no haría eso, además yo nunca le mencioné a Erick.
De cualquier modo, en ese momento había vuelto a sentir “ilusión” y hace mucho no la sentía.
Cuando llegué a casa, respiraba tan rápido, incluso toqué la puerta aunque llevaba las llaves conmigo, estaba tan nerviosa, al abrirse aquella puerta, quizá mi vida no sería la misma.
Tía Anette me abrió, y me dijo que alguien me esperaba en la sala, mientras sonreía con complicidad.
Era él, estaba sentado allí como un espectro de luz, esperándome como si me hubiese estado esperando desde hace siglos atrás.
Cuando volteó, los dos nos miramos fijamente, no pude decir nada, me quedé estática, contemplando sus ojos de agua viendo hacia mí, solo atinó a decirme: “estoy aquí”.
Cuántas veces lo esperé, lo soñé y ahora estaba aquí conmigo.
Corrió a abrazarme, sentí al primer roce una felicidad inigualable.
Luego de varios minutos sin decir nada, solo después de mirarnos y suspirar no se cuántas veces, Erick me dijo que todo éste tiempo estuvo buscándome, me contó porqué nunca llegó a nuestra cita, sus padres fueron secuestrados en ciudad de México, y el tuvo que viajar ese mismo día a ver la situación, luego de diez días pudieron rescatarlos, y todo salió bien, él pensó que yo lo seguiría esperando, pero se dio cuenta que ya había partido hacia Suiza. Ese mismo día me iba a pedir que viajemos juntos a Suiza a hacer una nueva vida.
Todo éste tiempo estuvo averiguando sobre mi paradero, hasta que llegó hasta Berna, y encontró mi dirección en la carpeta de datos de los estudiantes de medicina en la universidad, y así fue que llegó a Ilanz.
No fue nada fácil, pero ya estaba aquí, para nunca separarse de mí.

V

El se quedó a vivir conmigo y tía Anette, la casa era muy espaciosa, y bonita, él vivía tomando fotos a toda la casa, y hasta tenía una galería de las fotos que le tomaba a mi tía Anette.
Después de unos meses nos casamos, no nos pareció tan rápido, para todo el tiempo que vivimos separados.
Erick empezó a trabajar en un centro fotográfico en Chus, y se estaba haciendo muy conocido por el enfoque que le daba a su trabajo y la sensibilidad que emanaba en cada fotografía. Yo seguí estudiando y cada vez me faltaba menos para terminar mi carrera.
Todos los fines de semana, viajábamos a Biel y visitábamos nuestra colina favorita Jungfrau, nuestro lugar favorito en el mundo.
A tía Anette nunca la descuidamos, siempre salíamos con ella a cenar, y Erick la había inscrito en clases de baile en una academia para personas de su edad, al principio no quería asistir, pero después no dejó de faltar ni un solo día, le veía una luz en los ojos desde que iba a allá.
Erick era una persona que le gustaba tener a la gente feliz, muy optimista, era el hombre más carismático sobre la faz de la tierra, iluminaba cualquier espacio con su presencia.

Luego de algún tiempo, todos nos alistamos para viajar a Berna, pues era la primera exposición fotográfica de Erick en Suiza, y estábamos muy emocionados.

La exposición estaba hermosa, me sentía muy orgullosa de Erick, era muy talentoso.
Asistieron muchas personas importantes, artistas, aficionados, y algunos medios.
Luego del brindis, Erick dijo algunas palabras, y mencionó que no estaría allí si no hubiera seguido a su corazón. Luego de eso, todo el mundo pidió que yo también diga unas palabras, aunque no era muy buena para eso, accedí, y momentos después de empezar a hablar ante el público, empecé a sentirme debilitada y la vista se me nubló parcialmente, luego más y más y de pronto todo se oscureció y ya no estaba allí.

VI

Recuerdo haber despertado al día siguiente, con Erick a mi lado, y la tía Anette observándome desde una ventana, el suero suministrando mi cuerpo por medio de un cable, mientras los ojos de Erick seguían fijos en el electrograma.
El me tomó de la mano suavemente, me pidió que no me esfuerce en hablar y salió inmediatamente de la habitación.
Luego de unos minutos regresó, con los ojos mas rojos y disimulando su preocupación.
Para ese entonces ya me imaginaba que algo grave pasaba.
No me dijeron nada hasta el día siguiente que fue con el médico a mi habitación y hablaron conmigo.
Erick pretendía darme fuerzas, mientras el médico hablaba, pero él también se desvanecía al igual que yo antes sus palabras.
La enfermedad que tenía era leucemia, y las esperanzas de curarme no eran muchas, tendría que pasar por un tratamiento muy doloroso para luchar y aferrarme a las últimas esperanzas de vivir.
Conversamos con el doctor para establecer las fechas de mi tratamiento, tendría que viajar tres veces a la semana a Berna, para hacerlo.
Durante muchos meses Erick vivió para mí, dejó el trabajo, dejó el mundo y solo se dedicaba a hacerme feliz como si fuese siempre el último día.
Muchas veces lo oía llorar por los pasillos de la casa, y mi tía Anette también, ellos estaban todo el tiempo pendientes de mí. Tía Anette dejó sus clases, y Erick cuando no estaba a mi lado, estaba averiguando y haciendo llamadas, tratando de encontrar un avance en mi cura.
Yo me sentía cada vez más débil, de no haber sido por él, no hubiera seguido ese tratamiento tan doloroso, pero siempre me daba fuerzas.
Luego de muchos meses de seguir con esa esperanza intrépida que ataca a los más débiles de corazón, y al no tener mejoría le pedí a Erick no seguir con el tratamiento.
Esa fue la primera vez que peleamos, me dijo que era muy egoísta y que no era solo era mi vida, sino también la de él, y él moriría sin mí.
Sus palabras me dolieron mucho, y lo último que quería en éste mundo era verlo triste, pero yo era médico y no podía engañarme, no tenía muchas esperanzas de vivir.


VII

Siguieron, así los meses, y la rehabilitación progresaba poco a poco.
Al fin parecía que todo el esfuerzo, iba a valer la pena.
Cada vez eran menos los días que teníamos que viajar a Berna para hacerme el tratamiento, y convencí a Erick de que siga trabajando en el estudio de fotografía.
Lo único que no le gustaba es que no podría seguirme acompañando a mis sesiones en el hospital.
Llegó el día en que el doctor Schmid me dio la gran noticia de que estaba prácticamente curada.
Ese día fui a ver a Erick al estudio en Chus, para darle la gran noticia, pero no lo encontré.
El ya había salido hacia Ilanz, a nuestra casa.
No lo llamé, para darle la gran noticia en directo, mirándolo a los ojos, diciéndole que nada iba a quitarnos nunca la felicidad.
Pero nunca se lo pude decir.
Cuando llegué a casa aún estaba soñando ver la alegría de sus ojos al contarle la noticia de mi recuperación, pero mi mundo, mi aire, la vida, se interrumpió cuando escuché la noticia en la televisión:

No se sabe la causa exacta de como ocurrió, pero el impacto había sido fatal, a la altura de la calle Svizzero, cuatro cuadras antes de la SBB, se volcó un bus de la cadena “Vex” con 32 pasajeros a bordo, de los cuales no hay sobrevivientes, y se sabe hasta el momento solo 14 de ellos han sido identificados, entre ellos dos jóvenes extranjeros, una joven polaca de 23 años llamada Ewa Wierzbowski, hija de inmigrantes y un joven mexicano identificado por el nombre de Erick Sandier García.
Los demás adelantos en breves momentos….


La irrealidad de ese momento era como un estado de shock del que no quería despertar.
El amor de mi vida, el hombre que tanto amaba, el ángel que se me presentó hace años en aquella plaza bonita de México, mi esposo, el hombre que no me dejó morir, él, ya no estaba más.
Mi tía Anette llegó a casa, y me vió tendida en el piso mientras el televisor se encontraba frente a mí repitiendo la misma noticia que acababa de escuchar.
Ni ella ni nadie podían creerlo, es que no, porqué tanta injusticia del destino junta, porqué luchar tanto por ser felices, si al final, llega una llamarada de hielo que rompe y quiebra el corazón….
Luego de volver en mí, fuimos con tía Anette a reconocer el cuerpo de Erick, él llevaba la cadenita que me regaló cuando estaba en el hospital, con la inscripción
“lucha amor, tu vida es mi vida”, recuerdo que ese día Erick la iba a llevar a la joyería para colocarle nuestras iniciales.
A pesar de todo nuestro esfuerzo de ser felices, no lo fuimos, y yo nunca volvería a conocer esa palabra tan esporádica, y utópica “felicidad”.
El tiempo jamás fue el mismo, ni las calles, ni la vida, muchas veces quise morirme por su ausencia, pero sé que él donde estuviera nunca me perdonaría que hiciera algo así.
Tía Anette me consolaba siempre, pero nada era suficiente, lo único que quería era tenerlo conmigo, no había nada en el mundo que pudiera devolverlo.
Decidí viajar a México, si seguía en esa casa, donde quedan tantos recuerdos, si seguía recorriendo aquella ruta, si seguía respirando ese aire, me iba a volver loca de dolor.


VIII

Por alguna extraña razón en México no me sentía tan miserable y triste, lo primero que hice fue ir al parque donde lo conocí, sentía como las aves lloraban a lo lejos, porque sabían que había muerto la ilusión. Recordé cada instante y movimiento de Erick cuando tomaba las fotografías, y sonreía, recordé el instante cuando levantó la mirada y me vió a los ojos, como si el mundo se suspendiera.
Todo en él era luz, era sonrisas, cómo lo extrañaba.
Nunca entendí porque no nací para ser feliz, conocí al hombre de mis sueños, pero solo por un tiempo, y yo quería amarlo toda la vida y aún amándolo toda la vida, eso iba a ser muy poco.
A veces aunque uno luche por buscar la felicidad, ella viene sola, o se detiene y se retira de algún modo sin pedir permiso al corazón.
Yo estaba de nuevo en esa plaza, él no llegaría más, así que decidí quedarme allí a velar sus recuerdos, sus sonrisas, sus besos, y empecé a escribir un cuento sobre él, que nunca acabaría.
Pasaron tantos años y en mí rostro solo quedaron los surcos dibujados por las lágrimas del tiempo y un frío intenso en los huesos de mi mano por tanto escribir.
Mi hipocondríaco corazón jamás encontró su cura. Hasta que una mañana fría, que se pareció más a una noche, en la colina Jungfrau empecé a escuchar así de lejos el bolero de Ravel muriendo en mis latidos, y me hice sueño, y me hice viento, porque solo fui víctima de un sueño atormentado que tuvo que esfumarse para no sentir…


Isella Carrera Lamadrid.